domingo, 13 de junio de 2010



EJECUCIÓN TARDÍA




Era un día normal, estaba saliendo de la preparación para la confirmación, cuando de pronto un miedo terrible de apodero de mí, era como si mi corazón predeciría lo que horas más tarde aconteciría.
Siendo exactamente las seis y 45 de la tarde, las luces se apagaron, el piso se movía estrepitosamente, todo daba vueltas, era como si ningún lugar estaba seguro, todo esto duró aproximadamente dos minutos y 55 segundos.
Aquel 15 de agosto del 2007, fue testigo de una de las mayores catástrofes naturales ocurridas en el sur del Perú, cuyo epicentro se localizó en las costas del centro a 40 kilómetros al oeste de Chincha Alta y a 150 km al suroeste de Lima, y su hipocentro se ubicó a 39 kilómetros de profundidad. Fue uno de los terremotos más violentos ocurridos en el Perú en los últimos años; el más poderoso en cuanto a intensidad y a duración, pero no el más catastrófico, desde el punto de vista del terremoto de 1970 que produjo miles de muertos.
Fue, sin duda alguna uno de los tantos papeles que aún nos faltan pagar a nuestra madre naturaleza por el daño que día a día causan las grandes empresas, gracias a sus inmensas humaderas. Siendo los más perjudicados los habitantes del lugar. Este sismo tuvo una magnitud de 7.9 grados en la escala de ritcher.
Las autoridades en su momento, dijeron que apoyarían a los damnificados, recibimos ayuda del exterior e incluso vinieron artistas peruanos a brindar ayuda. Sin embargo han pasado ya dos años y diez meses y aún ha en Chincha, Pisco e Ica el déficit de viviendas de material noble supera el 60%.
Se suma a ello el caso de otras 20.000 personas a las que pese a haber calificado no se les ha podido entregar este bono por falta de financiamiento, alertó la Defensoría del Pueblo en Lima.
Esperemos que todo no quede en sólo promesas si no que hagan algo al respecto para poder decir verdaderamente: "El Perú avanza".

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